Otra crónica del #sinderecho…

por RetóricaSocialista

Tomado del muro de Facebook de Lia Villares

Cuando la muchacha me hizo mirar a cámara y me pidió que me echara para atrás que había un “problema” con mi pasaporte, calmadamente me cambié, saqué mis carteles y me paseé por todas las puertas de salida diciendo que era una ciudadana cubana sin derechos. 
“Porque no”, fue la respuesta a gritos que me dio una funcionaria de inmigración cuando pregunté reiteradas veces que me dieran una sola razón lógica que explicara la negativa a mi salida. 

Habían allí más activistas, al menos cuatro, a los que habían prohibido igualmente viajar en el mismo vuelo a Cancún.
Después de “alterar el orden” a las 3 de la tarde en la terminal 3 del aeropuerto, esto es: sacar un par de carteles y gritar mis derechos civiles y políticos, ampliamente apabullados, fui empujada a la patrulla 880 de la policía aeropuertaria, por la oficial 07718, una puta disfrazada de policía o viceversa, que después de jorobarme el brazo por la espalda y montarme a la fuerza, cuando una funcionaria de inmigración le dijo “métele un tapaboca” para que me callara, se dispuso a propinarme una serie de galletazos, acompañada de una mueca de placer lésbico aberrado. Le mordí como pude la mano que me arañaba la cara con unas uñas estilizadas larguísimas y pintadas de morado y le grité “perra” esquivando las galletas con mis pies, hasta que logró metérmelos también mientras cerraba la puerta de un tirón y el policía chofer hermetizaba la ventanilla. El carro patrulla arrancó y me despedí de los presentes con el signo de Libertad con mis dos manos extendidas en el cristal. Les pregunté a los policías si habían visto la secuencia de violencia femenina hardporn que evidenciaba un abuso clarísimo de autoridad y me contestaron que me callara o yo me iba a enterar de lo que era un tapabocas de verdad. 
Me llevaron primero a la estación del aeropuerto, con un cartel que decía policía en varios idiomas, ruso, chino, italiano, francés… evidentemente confundidos, y después de un rato me trasladaron a la de Santiago de las Vegas (telf. 7683 2116) donde me tuvieron hasta las 8 de la noche, esperando por el agente de la 21, esta vez un completo desconocido, para darme la “libertad”. Ese lo único que hizo fue ponerme una multa de 30 pesos según el decreto 141 artículo 1 G y ni siquiera me dirigió la palabra, ni a mí, ni al jefe del calabozo, el superior 1er teniente Chaveco, que estaba desesperado porque me fuera de allí porque ya lo tenía loco conque me dejara hacer mi consabida llamada telefónica, a lo cual me respondía, impasible ante mi trágica, pero no menos cierta, autodenominación de “desaparecida” y “secuestrada”, que quienes tenían que autorizarla eran los de la CI (contrainteligencia), porque yo, los “opositores”, éramos un caso especial. 
Al principio me molesté en preguntarle mi situación legal al oficial de guardia, otro derecho negado, a lo que indagué si tenía otra función en el calabozo además de comer mierda, después de haberlo visto flirtear con una presa, cogerse la corriente con un toma precario y bromear con los encerrados al respecto, de la manera más atolondrada posible. El joven se ofendió y llamó a la mayor Isabel Peña, según se identificó, jefa de instrucción penal, quien luego de conocer mi estatus de “CR” y decirle al muchacho que a ella nadie le llamaba comemierda de esa forma, y de leer en alta voz el cartel de mi blusa (el artículo 13 de la Declaración universal de los derechos humanos sobre la libertad de movimiento, con un tono altamente irrespetuoso), me hizo un despliegue fabuloso de chusmería y me dedicó a “pleno pulmón” (textual) y manoteo un repertorio de improperios, plagados del más forzado odio ideológico al estilo de “mercenaria, bandida, contrarrevolucionaria”… que ciertamente me dejaron atónita y con ganas de aplaudir semejante actuación, digna de una sala de teatro. Y salió indicándole al de guardia que si se me ocurría sacar el celular, me lo “incautara”.
Una tarde en una estación como esa da para escribir un guión dramatúrgico. 
No pude ver ni un solo caso de delincuencia, propiamente. Le “ocupaban” o “decomisaban” o simplemente robaban 40 mangos a uno, 40 litros de cloro a otro. Una bolsa con las pertenencias de un homeless, pensando que también las vendía. Un “deudor” de multas “injustas”, que hizo trizas la nueva que le daban. Uno que “no hizo nada” y aún así le dejaron ir con una multa de 1500 pesos. Y la novia/asistente del joven policía de guardia, que nunca dijo por qué la tenían allí desde el viernes, siendo un lunes. Esa es la entretenida vida de un calabozo cubano: sin crímenes ni criminales. 
Condeno una vez más la impunidad de todos los funcionarios públicos que participan y son cómplices de esta farsa, porque no creo que deba tomarse en serio la supuesta “autoridad” de estas personas, al servicio de la tiranía más larga de la región. Algún día habrá un ajuste de cuentas, no lo sé, pero deberían hacerse responsables por los secuestros y detenciones arbitrarias desde ya. 
Las organizaciones que invitan a los activistas y gastan recursos en boletos que son desechados sin respuesta por los funcionarios de inmigración deben hacer una queja formal y oficial para que las indemnicen por los pasajes perdidos y haya un coste moral al menos para esta institución y quizás un freno a la hora de este actuar impune y represivo contra ciudadanos cubanos, pacíficos, defensores de derechos humanos. 
Me solidarizo como una más, con todos los activistas que están siendo impedidos de salir del país, porque sé que en algunos casos esta politica del desgaste e intimidación puede funcionar y abandonarán por frustración y soledad. Pero muchxs, seguiremos dando tremendo berro.

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