EL LIBERTARIO Y LA RELIGIÓN

por RetóricaSocialista

No cabe duda, el estado ideal de la existencia más excelente y deseable es la posesión de una alegría continuada. No obstante, el hombre no puede conseguirla sin el uso de su mente. Será el uso apropiado de nuestra mente, de nuestra racionalidad, o lo que algunos autores llaman fortaleza de ánimo, el que nos libre de cualquier temor a la muerte y al dolor. Así dice un personaje ciceroniano (Torcuato): «Es preciso, en efecto, que exista en quien se encuentra en esas condiciones una fortaleza de ánimo tal que no tema la muerte y el dolor, porque la muerte nos hace insensibles y el dolor, si es largo, suele ser leve, y si es fuerte, suele ser breve, de suerte que la rapidez compensa su violencia, y el alivio, su prolongación.» ¡Y he aquí un punto muy importante, si no el que más importa, en las palabras de Torcuato!: «Cuando a esto se añade la ausencia de temor a la divinidad y el no renunciar del todo a los placeres pasados, alegrándose con su asiduo recuerdo ¿qué otra cosa puede añadirse a esto?»

Una de las grandes contradicciones en las que el hombre —de todos los tiempos— se enfrascó de continuo vino a ser el temor a los poderes súpernaturales. Recuerde usted que el proceso de la razón es la lógica y el fundamento principal de la lógica es el principio de no-contradicción, aquel que dicta lo siguiente: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. Es un principio que no admite relativismo gnoseológico, epistemológico, ni moral.

Para la Patrología griega, por ejemplo, Dios es una contradicción, el propio Pseudo Dionisio Aeropagita justifica su existencia construyendo una literatura apofántica o paradójica del tipo: Dios es lo más grande y lo más pequeño o Dios es todo y es nada a la vez. Si la razón admitiera esto como cierto, entonces, su proceso no sería lógico, pues, éste no admite la contradicción. San Anselmo aplica la lógica en su argumento ontológico al tiempo que viola el principio de razón suficiente, pues, al igual que Aristóteles detiene arbitrariamente la infinitud de las causas alegando que tiene que haber una causa primera de todo lo que hay. ¿Por qué habría de ser así? Si hay un diseñador inteligente para la belleza de toda la naturaleza, o sea, todo el cosmos, entonces, ¿hay un diseñador de diseñadores? Note usted como, del igual modo, el argumento teleológico cae por su propio peso.

Otros religiosos argumentarán: la fe no es un argumento. Lo que es en sí una contradicción. Además, si los argumentos son las formas que toman los razonamientos al materializarse; entonces, se sobreentiende que se puede argumentar acerca de todo.

No estoy diciendo que deba usted volverse ateo, sino simplemente que es más cómodo y beneficioso no creer o, mejor, creer sólo en la razón, es decir, en la integración mental del material inteligible, de aquello que entra en la mente a través de los sentidos. Los hombres que poseen la inteligencia de las matemáticas y de las ciencias, en general —más o menos algo por el estilo decía Unamuno—, la mayor fe que pueden tener es la voluntad de querer creer. Los hombres verdaderamente racionales no creen en Dios.

¡Ya me gustaría ver a un católico admitiendo, supuesto que Dios tenga infinitud espacial, que su Dios también está en el infierno!

Uno de los grandes obstáculos para conseguir ser feliz es, justamente, el ser racionales sólo en los momentos de emergencia. Si hay una inundación subo al tejado y desde allí rezo por que llegue pronto un salvavidas. ¿Por qué no esperar al salvavidas —que, por supuesto, Dios me enviará— sentado en la cocina? No, la razón me indica: a Dios rogando y con el mazo dando. Subir al tejado sólo tiene un significado: en caso de una emergencia confío mi vida a la razón antes que a Dios. No hallo una mejor definición de hipocresía.

Ha sido, y lo seguirá siendo por siempre, gracias a los hombres que decidieron ejercer su racionalidad permanentemente, aquienes reconocen el absolutismo de la realidad, que hoy vivimos tan cómodamente y resguardados de los peligros de la naturaleza. No fue el curandero de la tribu quien inventó el fuego, no. Él quizá sólo ordenó quemar al inventor de tal invento. Ningún religioso de profesión hubiera descubierto lo que Farady descubrió, ni el cohete aeroespacial.

Verdad que Newton era un caso especial, pues, era a la vez una gran científico y un interesante místico, esto es, cabalista.

El hombre racional no se achica ante la realidad, sino todo lo contrario, posee la seguridad de que él puede cambiarla si se lo propone.

En el plano axiológico, el principio de no-contradicción viene a ser de gran ayuda al hombre que se ha propuesto ser feliz. Fijar sus metas y elegir sus valores debe ser un proceso racional, no un capricho. La razón, como dije más arriba, no admite relativismos morales como nada es bueno ni malo o que todo depende del punto de vista. Esta idea conduce a lo que algunos filósofos llaman moral gris. O sea, conduce hacia la incapacidad para juzgar moralmente los actos propios y ajenos. Bueno, pues, ¿por qué estas personas no se lanzan desde el balcón de un piso 14 si, al fin y al cabo, nada es bueno ni malo?

Uno de los más altos obstáculos que se presentan ante el logro de la felicidad se materializa en la ética de las emergencias, que plantea preguntas para situaciones en las que rara vez, en el curso de nuestras vidas, nos vemos involucrados. El tipo de preguntas kantianas: «¿Si usted ve a un niño ahogándose o en medio de un incendio, no lo salvaría?»; bueno, pues, un hombre racional diría: «Bien, entiendo el valor sacro, intrínseco, de la vida humana pero admito que lo pensaría antes de hacerlo, porque si no sé nadar ¿qué gano con ahogarme junto a él? O si, el caso se presentara de un modo tal en el que deba elegir entre salvar la vida de un niño a riesgo de perecer y dejar a mis propios hijos desamparados». Lo cierto es que no existe tal cosa como un imperativo categórico y que en raras ocasiones (repito, durante el curso de nuestras vidas) nos veremos involucrados en situaciones de emergencia como las que acabo de describir.

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